La madre del artista durmiendo.

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“La madre del artista durmiendo”.

Autor: Egon Schiele.
Fecha: 1911.
Ubicación: Museo La Albertina, Viena, Austria.

En este retrato de su madre durmiendo, los todos de la piel y el rostro y las manos están rodeados por bandas de color intenso, como si estuvieran ensambladas. El énfasis recae en la quietud de la modelo. La imagen se presenta en vertical, negando así la horizontalidad del sueño. Dicha posición, junto con las formas, confiere a la figura un aspecto puramente decorativo.

Schiele escribiría a su madre: “Toda las cualidades hermosas y nobles se han reunido en mí. Seré el fruto que dejará tras de sí la vitalidad eterna, incluso después de su decadencia. Qué gran alegría debe haber sido, por tanto, haberme traído a la vida.”

Retrato de María Picasso López.

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Autor: Pablo Picasso.
Fecha: 1923.
Ubicación: El Museo Réattu, Arles, Francia.

Picasso comentó en una ocasión que todos los hombres de sus obras eran, de alguna manera, representaciones de su padre. Esa idea no puede aplicarse a su madre, la primera de las múltiples mujeres que pasaron por su vida y por el arte del genial artista malagueño. En sus cuadros, bocetos, dibujos, esculturas, cerámicas y grabados, exploró los diferentes tipos de medios para expresar su propia naturaleza. El modo en que retrató a esas mujeres resulta muy revelador sobre las relaciones personales de Picasso con ellas.

María Picasso López, de la que el artista tomó el apellido, era una mujer muy enérgica, emprendedora y muy trabajadora, con grandes ideas en tiempos de necesidad. Picasso recibió una atención femenina excesiva durante su infancia, lo que probablemente contribuyó a su apabullante confianza en sí mismo. En este retrato María aparece en una pose sencilla y contundente, y sus rasgos faciales, incluida la mirada de sus amables ojos oscuros, se hallan resueltas mediante unas cuantas líneas. El artista aplico la pintura, utilizada más como acuarela que como oleo, de manera relajada dentro de esas líneas firmes.

Condesa Adèle de Toulouse-Lautrec.

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“Condesa Adèle de Toulouse-Lautrec”.

Autor: Henri de Toulouse- Lautrec.
Fecha: 1883.
Ubicación: Museo de Toulouse-Lautrec, Albi, Francia.

En casi todas las representaciones que Toulouse – Lautrec hizo de su madre, la condesa Adèle, aparece con los párpados pesados, mirando hacia abajo. El motivo, en algunos casos, es que posaba mientras leía. Sin embargo, esa expresión se percibe también cuando no la acompaña ningún libro y contribuye a entender su naturaleza sumisa. En 1883, la condesa compró otro Château en Malromé, cerca de Burdeos, donde se dedicó a cuidar de los viñedos. Lautrec la visitó y pudo haber pintado allí este famoso retrato con la taza.

Anna Cornelia Van Gogh-Carbentus.

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“Anna Cornelia Van Gogh-Carbentus”.

Autor: Vincent van Gogh.
Fecha: 1888.
Ubicación: The Norton Simon Museum.

Cuando Van Gogh recibió por correo una fotografía de su madre, se dio cuenta de que había pintado muchos retratos, pero nunca de sus padres. Ya sea paisajes, bodegones o retratos, quería tener sus temas pictóricos ante él y lo justificaba diciendo: “Me da demasiado miedo alejarme de lo posible y real”, si pintaba de otro modo. Sin embargo, la fotografía era demasiado monocroma para su gusto y decidió retratar a su madre, “Como la veo en mi memoria”. Con sus característicos trazos gruesos, empleó una armonía de verdes contrastados con marrón oscuro. Cuando terminó el retrato sintió el deseo de pintar uno de su padre y pidió que le enviasen una fotografía.

Casa tomada: un cuento de Julio Cortázar.

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Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

FIN

Las amigas: una obra de Klimt.

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Las amigas.
Autor: Gustav Klimt
Fecha: 1916-1917.
Ubicación: Galería Welz, Salzburgo.

Las obras previas a la muerte temprana y repentina de Klimt en 1918 tienen un estilo libre, suelto, como puede apreciarse en esta pintura, y suelen recurrir al uso de colores pastel que recuerdan a Matisse y a los fauvistas. Al igual que en el retrato de Friederike Maria Beer (1916), Klimt traza un estupendo fondo oriental en sustitución de sus antiguos telones con motivos atrapados. Los personajes posan en un escenario ficticio, frente a un fondo diseñado por el artista. Constituye un retorno a las raíces del maestro como pintor de frescos teatrales. El turbante de la muchacha, truncado en la parte superior para captar la atención del espectador, añade otra nota de teatralidad y exotismo.

Como en Friederike Maria Beer, las muchachas miran directamente al observador, sin mostrar para nada la profundidad psicológica que había comenzado a surgir en sus últimas obras y que constituía un progreso interesante. De hecho, en esta representación de una pareja abiertamente lesbiana, Klimt parece regresar a su antigua mitología de la mujer falta, mediante la recuperación de expresiones cargadas de sensualidad y provocación. La muchacha desnuda de la izquierda recuerda imágenes de la serie de dibujos eróticos dispersa por el suelo de su estudio, y ambas mujeres parecen muñecas rusas pintadas, con sus rostros redondeados y rosados, sus mejillas encendidas y sus ojos con pesados párpados.

Gustav Klimt: a 104 años de su muerte.

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El 6 de febrero se cumplen 104 años de la muerte del pintor austriaco Gustav Klimt, artista que con una estética única y vanguardista convirtió a la mujer en un símbolo en cada una de sus pinturas, siendo la presencia dominante de su obra. Fue el líder del movimiento artístico de la Secesión Vienesa a comienzos del siglo XX y se convirtió en la cabeza de las filas de los movimientos simbolista y modernista en Austria.

“Si existe un artista cuyo arte es, en efecto, completamente erótico, ese es Gustav Klimt. La mujer es su tema exclusivo: la pinta desnuda, o ricamente adornada, en movimiento, sentada, de pie, en todas las posiciones, y gestos, incluso los más secretos… Preparada para el abrazo, en éxtasis, en sensual expectación… “.

Murió de un ataque de apoplejía en Viena en 1918. Fue enterrado en el cementerio de Hietzing en Viena. Muchos cuadros se quedaron sin terminar. Jamás se pintó a sí mismo:

“No existe ningún autorretrato mío. No me interesa mi propia personalidad como objeto de un cuadro, sino más bien me interesan otras personas, en especial mujeres, otras apariencias… estoy convencido de que como persona no soy especialmente interesante.” decía.

 

 

El cumpleaños: una obra de arte de Marc Chagall.

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El cumpleaños.

Autor: Marc Chagall.

Fecha: 1915.

Ubicación: Museo de Arte Moderno, MoMA, N.Y.

“En 1914, Chagall vuelve a Rusia, donde se reencuentra con su amada Bella. El entusiasmo sentimental que llena a Chagall y a Bella queda representado en el motivo del vuelo de los amantes, que aparece por primera vez en “El cumpleaños”. Con un ramo de flores en la mano, Bella visita al pintor en su habitación, desde donde se puede ver la iglesia de Ilitch. Se dirige flotando ingrávida hacia el amante; este la rodea con cuerpo ágil, trasladando al exterior todos los movimientos interiores. En el ligero cromatismo el color rojo y el verde de la chaqueta del pintor forman un contraste de colores complementarios.”

“Doble retrato con vaso de vino”.

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“Doble retrato con vaso de vino”.

Autor: Marc Chagall.
Fecha: 1917.
Ubicación: Museo Nacional de Arte Moderno, Centro Pompidiu, París, Francia.

En este cuadro sale la que fue la primera esposa de Marc Chagall, Bella, visiblemente alegre, en el fondo el pueblo natal del pintor, Vietebsk.

“El significado de este doble retrato en que la mujer lleva sobre sus propios hombros al esposo, se considera el triunfo del amor sobre las leyes de la gravitación y los límites de las fuerzas humanas. ¿No sugeriría además, el peso del artista sobre Bella? – Esto es, la esposa como sostén del artista, puntal de su equilibrio emocional y estímulo creativo -. De hecho, la muerte de Bella significó para el pintor ruso unos años de amargura, meses sin trabajar y una evolución de su obra a lo nostálgico y a lo trágico, a un colorido oscuro y a una técnica mucho más turbulenta. Más tarde, después de instalarse en Provenza, Chagall conoció a Valentina Brodski (Vava) con la que se casa en 1952. Recobra entonces la estabilidad del matrimonio y el equilibrio necesario para su creatividad, comenzando así una nueva y fecunda etapa.”

Tomado de la web de la Prof. Dolores Arroyo, Universidad Complutense de Madrid.

El juguete del pobre: un relato de Charles Baudelaire

Portaretrato de Charles Baudelaire realizado por Édouard Manet.

Portaretrato de Charles Baudelaire realizado por Édouard Manet.

Quiero dar idea de una diversión inocente. ¡Hay tan pocos entretenimientos que no sean culpables!

Cuando salgáis por la mañana con decidida intención de vagar por la carretera, llenaos los bolsillos de esos menudos inventos de a dos cuartos, tales como el polichinela sin relieve, movido por un hilo no más; los herreros que martillan sobre el yunque; el jinete de un caballo, que tiene un silbato por cola; y por delante de las tabernas, al pie de los árboles, regaládselos a los chicuelos desconocidos y pobres que encontréis. Veréis cómo se les agrandan desmesuradamente los ojos. Al principio no se atreverán a tomarlos, dudosos de su ventura. Luego, sus manos agarrarán vivamente el regalo, y echarán a correr como los gatos que van a comerse lejos la tajada que les disteis, porque han aprendido a desconfiar del hombre.

En una carretera, detrás de la verja de un vasto jardín, al extremo del cual aparecía la blancura de un lindo castillo herido por el sol, estaba en pie un niño, guapo y fresco, vestido con uno de esos trajes de campo, tan llenos de coquetería.

El lujo, la despreocupación, el espectáculo habitual de la riqueza, hacen tan guapos a esos chicos, que se les creyera formados de otra pasta que los hijos de la mediocridad o de la pobreza.

A su lado, yacía en la hierba un juguete espléndido, tan nuevo como su amo, brillante, dorado, vestido con traje de púrpura y cubierto de penachos y cuentas de vidrio. Pero el niño no se ocupaba de su juguete predilecto, y ved lo que estaba mirando:

Del lado de allá de la verja, en la carretera, entre cardos y ortigas, había otro chico, sucio, desmedrado, fuliginoso, uno de esos chiquillos parias, cuya hermosura descubrirían ojos imparciales, si, como los ojos de un aficionado adivinan una pintura ideal bajo un barniz de coche, lo limpiaran de la repugnante pátina de la miseria.

A través de los barrotes simbólicos que separaban dos mundos, la carretera y el castillo, el niño pobre enseñaba al niño rico su propio juguete, y éste lo examinaba con avidez, como objeto raro y desconocido. Y aquel juguete que el desharrapado hostigaba, agitaba y sacudía en una jaula, era un ratón vivo. Los padres, por economía, sin duda, habían sacado el juguete de la vida misma.

Y los dos niños se reían de uno a otro, fraternalmente, con dientes de igual blancura.

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